
La pobreza produce muchos estragos emocionales. Una economía escasa impide el poder participar de actividades recreativas, el adolescente puede sentirse excluido de su grupo de iguales y escuela. El no tener poder adquisitivo contribuye al estrés producido por no disfrutar de las mismos beneficios que los demás para poder cubrir sus necesidades básicas como alimentación, salud, vestimentas adecuadas, las misma oportunidades académicas, etc.
La pobreza implica una serie de factores de riesgo que afectan a las familias de manera negativa .
El no tener acceso a la necesidades básicas puede hacer que las personas pierdan la confianza en sí misma y en los demás; que se sientan impotentes, inseguras. Lo que las podría llevar a que tengan dificultad regulando y controlando sus emociones.
El adulto que no tuvo, en su niñez, la oportunidad de cubrir las necesidades básicas se encuentra en mayor riesgo de desarrollar deficiencias, como son: la atención, lenguaje, memoria, etc. La pobreza pone, las personas que la padecen, en una desventaja cognitiva, lo que puede contribuir a que se mantenga el ciclo de la pobreza.
El estrés causado por las necesidades no cubiertas puede provocar respuestas fisiológicas, tales como la presión arterial alta y otros trastornos causados por el estrés como niveles elevados de glucosa en la sangre, presión arterial alta, dolor de espalda, adelgazamiento de los huesos, obesidad, insomnio, ansiedad y fatiga.
La pobreza influye significativamente en la forma en que pensamos, sentimos y actuamos. Aumenta el riesgo de enfermedades mentales como la depresión, ansiedad y adicción a sustancias.
Familias que han perdido su poder adquisitivo tienden a generar frustración y situaciones conflictivas. Tienen una mayor prevalencia a sufrir problemas de salud en general y salud mental en particular. La situación de crisis ha comportado estados de angustia, depresión y estrés dentro de las familias.
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